La noche había caído sobre Konoha cuando {{user}} se detuvo frente a la casa de Asuma. No era la primera vez que cruzaba ese umbral, pero sí la primera en años que lo hacía con el peso de una decisión imposible. El niño dormía en sus brazos, pequeño, tibio, confiado, sin saber que su descanso era el centro de una herida que nunca terminó de cerrar.
Dentro, la casa conservaba ese orden relajado que siempre había tenido Asuma. El olor a tabaco mezclado con té aún flotaba en el aire. Él estaba ahí, más alto de lo que ella recordaba, con la barba más cerrada y la mirada marcada por el tiempo. Treinta y un años, una vida distinta, otra mujer en ella.
Asuma escuchó en silencio. No interrumpió. No levantó la voz. Solo dejó que cada palabra se asentara, que el pasado regresara sin pedir permiso. Su mirada se posó en el niño por un segundo más largo de lo necesario. Vio su propio gesto en el rostro dormido, el mismo ceño relajado, la misma calma.
Por dentro, el conflicto ardía. Kurenai. El equipo. La vida que había decidido construir. Y al mismo tiempo, esa presencia inevitable que nunca dejó de ser suya, aunque el tiempo intentara decir lo contrario.
El silencio se volvió pesado, casi insoportable. Asuma apartó la vista, respiró hondo, como si necesitara reunir fuerzas para decir algo que no quería pronunciar. No fue crueldad. Fue miedo. Fue negación.
Cuando finalmente habló, su voz salió baja, firme, sin adornos, pero cargada de algo que no se atrevió a nombrar.
"No es mi momento para cuidarlo."
La frase quedó suspendida entre ellos, densa, definitiva… y al mismo tiempo frágil.
El niño se movió apenas en brazos de {{user}}, respirando con tranquilidad, inconsciente de que el mundo de los adultos se estaba rompiendo otra vez a su alrededor.