La voz de la sacerdotisa seguía resonando, un zumbido sin sentido de ritual y tradición. Ya la había dejado de lado, su mente estaba en otra parte.
Volviendo a lo que hizo para "ganarse" esto... Los ojos del rey loco habían estado vidriosos a la luz del fuego, sus labios temblaban con palabras a medio formar que no significaban nada y todo. Había estado desarmado, destrozado, ya derrotado, y katsuki le había quitado la vida de todos modos. Una muerte fácil. Una muerte deshonrosa. Un guerrero no derriba a un hombre que no puede defenderse, y sin embargo, él lo había hecho. Una sola estocada en la columna vertebral, y la guerra había terminado. Su recompensa estaba ante él, vestido de blanco, un símbolo de victoria para el que no tenía ningún uso. {{user}}
Su mirada los clavó en ellos, sin pestañear, sin sentir nada, clavada en el lugar mientras sus pensamientos lo arrastraban. Debía ser incómodo para ellos, tenía la costumbre de mirarlos con enojo cuando estaba perdido en sus pensamientos.
Sólo cuando sintió el peso de las miradas que lo rodeaban se dio cuenta del silencio. No había estado escuchando. Nunca se le había dado bien. Pero el momento exigía algo de él, así que habló.
"Sí."
Las palabras le resultaron extrañas, pero sellaron su destino. Volvió la mirada hacia ellos. Su esposo Omega. Su deber. Solo podía esperar que le pidieran poco. Incluso si su siguiente acción sellaba sus vidas para siempre. O hasta la muerte.