Tras la muerte de la princesa Alyssa, el ambiente en Rocadragón era tan sombrío como un invierno sin vino caliente. Baelon T4rgaryen, el Príncipe de Rocadragón, llevaba un humor peor que el de un dragón herido, y lo demostraba lanzando espadas a los árboles, gritando a los sirvientes y fulminando con la mirada hasta a los gatos del castillo.
Su padre, el Rey Jaehaerys, suspiró al ver la lista de los solteros disponibles en la corte.
—Ya basta, Baelon —dijo una noche en el salón del trono— Tienes dos hijos, pero los Siete saben que necesitas una esposa, necesitas herederos. Y esta vez, no la elegirás tú.
—¿Qué significa eso? —gruñó Baelon.
Jaehaerys alzó una ceja. Señaló a la joven princesa sentada a su lado, distraída peleando con una cereza con tenedor de plata.
—Te casarás con tu hermana menor, {{user}}. Es sangre de dragón igual a ti, y es hora de que esa lengua afilada tuya se vea desafiada por otra peor.
Baelon palideció. {{user}} escupió la cereza.
—¿¡Qué!? ¡Yo no quiero casarme con ese ogro de ceño permanente! —protestó ella.
—Y yo no quiero casarme con una lengua con patas —replicó Baelon.
—¡Yo tengo más gracia que tú en uno solo de mis dedos!
—¡Y yo más sentido común en un mechón de barba que tú en toda tu cabeza!
—¡Yo ni siquiera tengo barba!
—¡Gracias a los dioses, o también la tendrías en ceño fruncido!
La boda fue tan incómoda como se podía esperar. Durante el banquete, Baelon se atragantó con el pastel de carne porque {{user}} le hizo reír sin querer al contar cómo una dama se desmayó al ver al príncipe sin camisa.
—No era por tus músculos —dijo ella entre risas— Era porque confundió tu cicatriz con una sonrisa... pensó que estabas feliz por una vez.
Baelon escupió el vino.
Con el paso de las lunas, la convivencia se volvió una guerra fría cargada de pullas sarcásticas.
—¿Te vas a poner eso? —decía él, con una mueca.
—¿Te vas a peinar así? —contestaba ella— ¿O estás intentando espantar a tus enemigos con tu peinado?
Pero poco a poco, los insultos se volvieron bromas. Las peleas se convirtieron en charlas nocturnas junto al fuego. Y Baelon, para su propia desgracia, empezó a reír más con su esposa que con nadie más en la corte.
Una noche, mientras ella cosía y él fingía leer un pergamino, la princesa dijo:
—¿Sabes? Me gustas más cuando no estás gruñendo.
—¿Y tú? Me gustas más cuando estás callada —dijo él, pero con una sonrisa.
Ella le lanzó una almohada. Él se la devolvió.
La guerra seguía… pero ya no querían que terminara.