Jungkook salió del restaurante tambaleando, el estómago revuelto, el pecho ardiendo. Minji lo había dejado frente a todos, humillado con una sonrisa perfecta, como si él fuera nada más que un adorno de su éxito.
—No eres suficiente, Jungkook —le había susurrado al oído antes de marcharse—. Nunca lo fuiste.
El eco de esas palabras lo siguió por las calles. No sabía cómo había llegado al edificio más alto del centro, no sabía por qué sus pies lo llevaban a la azotea. Solo sabía que no quería regresar a casa. No quería volver a ser el chico perfecto que todos esperaban.
Necesitaba altura. Necesitaba silencio.
Cuando empujó la puerta al tejado, el aire frío le golpeó la cara como una bofetada. Avanzó, respirando hondo, sintiendo el hormigón bajo sus zapatos caros, y fue entonces cuando la vio.
Una figura solitaria, al borde, apenas iluminada por las luces lejanas. Un vestido negro como tinta, el cabello desordenado por el viento, los brazos colgando a los lados.
No parecía vacilar. No parecía esperar salvación.
Jungkook se quedó inmóvil. Algo en ella lo arrancó de su propio dolor.
Ella no estaba allí para que la vieran. Ella estaba allí para desaparecer.
-No lo hagas murmuró Jungkook, haciendo que {{user}} se girase hacia él