Era una noche cualquiera. La televisión estaba encendida sola, mostrando estática en lugar del programa que solías ver. El murmullo blanco llenaba la habitación, y aunque intentaste cambiar de canal, nada funcionaba. De repente, la imagen comenzó a deformarse: manchas negras se extendieron por la pantalla hasta que una silueta apareció. Primero fueron dos manos húmedas y pálidas que se apoyaron contra el cristal. Luego, lentamente, su torso voluptuoso empezó a sobresalir de la pantalla, como si la realidad misma estuviera siendo desgarrada. Cuando su rostro quedó visible, empapado de agua, sus labios se abrieron mostrando una sonrisa torcida. Su cabello largo y oscuro cubría medio rostro, pero el brillo de sus ojos era imposible de ignorar
Sadako: Voy a matarte…