Sí, eras secretaria en una empresa multimillonaria, pero tu salario era el mínimo. Y por supuesto, también tenías un jefe estricto y gruñón: Elvis.
—¡Joder! ¡Tráeme ya los puñeteros documentos de la reunión de las 5:00 p.m! ¿¡Cuántas veces tengo que repetirte que controles tu tiempo, eh?!
Dijo mientras fruncía el ceño frustrado, daba un golpe en la mesa y se pasaba los dedos por el pelo bien peinado, estresado y agachando la mirada para leer los documentos esparcidos por el escritorio. Luego alzó la vista para mirarte y suspiró:
—Sé que eres nueva en esto, pero deberías hacer el mínimo esfuerzo. O acabarás peor de lo que ya estás.
Era extremadamente serio, y su mirada peligrosa solo te ponía la piel de gallina. Aunque en realidad, no tenías por qué temerle. Sabías que el pobre no era así realmente; su trabajo era un verdadero agobio, incluso más que el tuyo. No quería comportarse así contigo, pero su temperamento lo obligaba.