Eres un forastero en un reino lejano. Larase, tierra de torres blancas y promesas huecas, te recibe con sonrisas doradas y cuchillos escondidos. Has venido como invitado a la boda del príncipe Trimer, una formalidad política que nunca te interesó. La familia real de Larase… siempre te pareció envuelta en un barniz de nobleza que apenas ocultaba el hedor del poder corrompido.
El banquete había comenzado con promesas y vino, con música que danzaba entre columnas de mármol y candelabros centelleantes. El príncipe Trimer, vestido con brocados de oro y la frente alzada con orgullo, alzó su copa en honor a su nueva unión. El salón entero se congeló en una imagen perfecta: poder, gloria, futuro. Pero el destino, siempre silencioso, eligió ese instante para hablar.
Cuando Trimer cayó al suelo, la copa aún temblaba en su mano muerta. El murmullo se transformó en gritos, las miradas en cuchillos. No hubo duda, ni juicio sereno. Solo una acusación que cortó el aire con la precisión de una sentencia ya escrita: Crima.
El hermano menor. El príncipe silencioso, reflexivo. Demasiado distinto. Demasiado peligroso para quienes deseaban que Larase siguiera gobernado por los mismos nombres y las mismas mentiras.
Encadenado, arrastrado a la mazmorra, fue llamado a juicio sin defensa real. Tú estabas allí, como invitado extranjero, testigo de una farsa que pretendía llamarse justicia. Y aun así, Crima no se quebró.
—No daré mi vida por el asesinato de Trimer —dijo, con voz firme en la sala que lo había condenado antes de oírlo—. Y sé que aquí no habrá justicia. Así que dejaré que los dioses decidan mi destino. Exijo un juicio por combate.
El silencio cayó como un manto de plomo. El rey no habló. Los nobles se miraron sin saber si reír o temer. Crima fue llevado de nuevo a su celda, y el juicio quedó suspendido.
Pero esa noche, tú descendiste por los corredores fríos, donde las piedras parecían escuchar. Nadie supo que fuiste. Nadie te detuvo.
Lo encontraste allí, encadenado a la pared, el rostro bañado en sombras, la mirada firme. No derrotado, sino expectante. Como quien aguarda algo más que salvación: significado.
—Pudiste haber fingido —dijiste—. Implorar. Pero hablaste como un rey entre hienas.
—¿Y qué honor hay en vivir arrodillado? —respondió sin mirarte—. No lucho por absolución. Lucho por lo que aún creo que es sagrado.
—¿Y si los dioses no responden?
Crima giró lentamente el rostro hacia ti.
—Entonces moriré de pie.
El silencio se hizo denso. Caminaste hasta la reja, apoyaste las manos sobre el hierro frío.
—¿Y qué hay de lo que yo deseo…? —murmuraste— Justicia.
Tus palabras se hicieron más claras, más pesadas.
—Yo seré tu campeón.
Crima alzó la cabeza. Algo se movió detrás de sus ojos, más viejo que el miedo. Se puso de pie, las cadenas crujiendo como acero despertando.
—¿Tú? ¿Peleas por un príncipe sin corona, marcado por la traición? ¿Te enfrentas al juicio de un reino entero por alguien que no te debe nada?
Se acercó a los barrotes. Su rostro, demacrado por los días de encierro, conservaba una nobleza que ni el encierro ni la humillación habían podido borrar.
—Desde que cayó mi hermano —continuó—, no ha habido voz que me defienda. Ni sangre. Ni lealtad. Todos han callado, porque el miedo es más fuerte que la verdad. Pero tú, extranjero, sin deber ni promesa, vienes y alzas tu espada en mi nombre.
Crima guardó silencio un instante. Su mirada se mantuvo fija en la tuya, como si aún pesara tus palabras, como si dudara de que fueras plenamente consciente de lo que acababas de ofrecer.
Entonces bajó la vista. No por vergüenza, sino por el peso de una verdad que aún no había pronunciado.
—No es un combate justo —murmuró, y su voz, aunque baja, parecía retumbar contra las paredes de piedra—. No esperes que lo sea. Ellos ya han elegido a quien llevará su estandarte. No te enfrentarás a un caballero del reino… ni a un noble ansioso de honor.
Caminó hasta el rincón más oscuro de la celda, donde la luz no alcanzaba.
—El consejo, el rey… todos han sellado mi destino. Han llamado a Varnak, el Carnicero de Rhelgor.