Ghost irrumpió en el laboratorio, con pasos cautelosos entre los restos de lo que una vez fue un lugar de ciencia y experimentos. Frente a él, una puerta blindada se alzaba como un umbral prohibido. Con esfuerzo, la abrió… y entonces te vio.
No eras humano. No podías serlo.
Encerrado en una jaula de cristal, tu silueta parecía una visión imposible, un eco de algo divino. Tu piel, pálida y luminosa, se fundía con el blanco impoluto de la tela sencilla que te cubría. Tus alas, vastas e imponentes, extendidas en un esplendor doliente, doblaban tu tamaño, pesadas por el peso de cicatrices antiguas. Aun así, su belleza era irrefutable, como si hubieran sido esculpidas por dioses antes de ser mancilladas por manos mortales.
Tus ojos eran el invierno mismo, un abismo frío donde se hundían todas las verdades. No reflejaban rabia ni súplica, solo una tristeza insondable, el lamento callado de un ser que alguna vez tocó los cielos y ahora yacía atrapado en un mundo que no le pertenecía.
El aire se volvió más denso, como si la misma realidad se inclinara ante tu presencia. No había calor en la habitación, ni siquiera en los rayos de luz filtrándose por los ventanales blindados. Todo en ti congelaba, no por el frío, sino por la pura esencia de lo que eras: algo que no debía existir en este mundo.
Ghost apretó su arma con fuerza. Su mente racional le gritaba que no podía ser real, que aquello ante sus ojos era una ilusión, un delirio. Pero su cuerpo sabía la verdad.
Lo que tenía enfrente no era un simple ser.
Era un ángel caído.
"D-... Dios mío..." susurró, con una mezcla de temor y reverencia.