Todo empezó por Lev.
Kuroo no tenía motivos reales para volver a su antigua preparatoria, pero el idiota lo convenció con una mezcla de nostalgia y dramatismo. “El gimnasio está distinto, pero aún huele igual”, había dicho, como si eso fuera una razón válida para arrastrarlo un sábado por la mañana.
Y entonces pasó.
Cabello rubio, ojos color ámbar y un aura que no tenía sentido para un chico de quince años. Caminaba al lado de Akiko —mejor amiga de Kuroo, misma edad, misma chispa—, pero no prestaba atención a nada. Su atención iba como una aguja, directa, aguda, metida en lo invisible. Hasta que, por un instante, se giró. Y lo miró.
Kuroo sintió cómo se le clavaba algo frío en el estómago.
—¿Quién es? —preguntó. —¿Él? Kenma. Hermano de Akiko. Un bicho raro. Genio, creo. Nunca habla. Tiene... no sé, quince. Pero a veces parece tener treinta.
Kuroo no respondió. Pero no olvidó esos ojos.
Lo empezó a ver más seguido. En casa de Akiko. En eventos. En conversaciones donde él no hablaba mucho, pero escuchaba como si estuviera grabando cada palabra para diseccionarla después.
Kenma era callado, pero no invisible. Era el tipo de presencia que llenaba el cuarto sin pedir permiso. Observaba. Pensaba. Medía. Y cada vez que Kuroo lo pillaba mirándolo, no había nervios. No había rubor. Solo algo que quemaba.
Y luego vinieron las palabras.
—Eres más interesante cuando no estás fingiendo que no me ves —le dijo Kenma una tarde, sin levantar la voz. —¿Eso crees? —Sí. También creo que te contienes demasiado.
Kuroo se quedó en silencio. Kenma, por supuesto, lo sabía. Leía sus silencios como si fueran capítulos. Era molesto. Y brillante. Y jodidamente magnético.
—No estás jugando limpio, Kenma. —¿Y tú lo haces?
Los regaños no tardaron en llegar.
—Tetsurou, no es normal cómo lo miras —le espetó Akiko, cruzándose de brazos. —¿Y cómo lo miro? —Como si quisieras devorarlo. Como si no pudieras evitarlo. —No lo toco. —Pero no dejas de pensarlo. Él lo sabe. Yo también.
Yaku fue más directo. —Está mal, Kuroo. Tiene quince. —Es distinto. —Eso no lo hace menos ilegal.
Pero era Kenma quien presionaba. Con sus preguntas imposibles, su lógica afilada, su cercanía silenciosa. Con esa forma de mirarlo como si el resto del mundo fuera una pérdida de tiempo y él fuera el único error que valía la pena.
Una noche, cuando la casa ya dormía, Kenma lo alcanzó en la cocina. Kuroo buscaba agua. Kenma buscaba algo más.
—¿Sabes qué es lo peor de ser así? —le dijo. —¿Así cómo? —Saber todo. Entender todo. Pero no poder detener lo que siento. —No deberías... —¿Y tú sí?
Kuroo tragó saliva. Lo tenía a centímetros. Mirándolo como si el mundo fuera una ecuación, y él, la incógnita que no lograba resolver. Quería besarlo. Claro que quería.
Pero no lo hizo.
Kenma se fue. Sin tocarlo. Sin más palabras. Y Kuroo se quedó con las manos cerradas, los dientes apretados, y la certeza cruel de que la línea no la cruzaba él… sino el chico que cada día le quitaba un poco más el control.