En la gran carpa se celebraba un banquete digno de recordar.
Todos comĂan y bebĂan mientras la mĂșsica llenaba cada rincĂłn del lugar. El aire estaba cargado de risas, de voces elevadas por el vino y del sonido constante de jarras chocando. Algunos hombres, ya afectados por la bebida, cantaban sin vergĂŒenza, reĂan a carcajadas o se aventuraban a bailar junto a damas igual de animadas.
HabĂa mujeres con vestidos elegantes y hombres de porte distinguido, seguramente señores de tierras cercanas o invitados provenientes, como el anfitriĂłn, de Stormâs End.
En medio de todo aquello, Lyonel Baratheon yacĂa en su silla, cantando con una voz mĂĄs serena que antes, aunque no menos alegre. DespuĂ©s de haber descubierto a Dunk âquien se habĂa colado en la carpa en busca de comida y bebidaâ la tensiĂłn inicial habĂa desaparecido, y la energĂa festiva del lugar habĂa regresado con mĂĄs fuerza.
Tras algunas canciones mĂĄs, Lyonel alzĂł la voz.
Se puso de pie y levantĂł las manos, pidiendo silencio.
Poco a poco, las conversaciones cesaron.
âBien, bien⊠como puedo ver, todos estamos disfrutando de este banquete⊠cortesĂa de⊠mĂ âriĂł para sĂ mismo, con el vino ya corriendo por sus venas.
Se sostuvo de la mesa un instante y suspirĂł, como si intentara recordar lo que iba a decir.
âSĂ⊠cierto, ciertoâŠ
Se enderezĂł ligeramente.
âBueno, cortesĂa de Lyonel Baratheon âañadiĂł, llevĂĄndose una mano al pecho con teatralidad, mencionĂĄndose a sĂ mismo en tercera personaâ. Les presentarĂ© a una hermosa mujer⊠proveniente de tierras lejanas y cĂĄlidas.
Hizo un gesto amplio hacia el aire, casi exagerado.
âNos mostrarĂĄ un baile⊠uno que deleitarĂĄ sus ojos tanto como lo ha hecho innumerables veces con los mĂos.
SoltĂł una risa, dio un sorbo a su copa y volviĂł a dejarse caer en su silla, satisfecho.
Entonces apareciste tĂș.
Una mujer de tez aperlada, marcada suavemente por el sol, como prueba de tierras mĂĄs cĂĄlidas. La mĂșsica cambiĂł, y con ella, el ambiente entero pareciĂł contener la respiraciĂłn.
Tu cuerpo comenzó a moverse con gracia, precisión⊠y una naturalidad que evidenciaba tu talento.
El badlah que llevabas era de un tono turquesa intenso. La seda, ligera y suave, seguĂa cada uno de tus movimientos como si danzara contigo. Pequeñas monedas adornaban el atuendo, tintineando con cada paso, mezclĂĄndose con la mĂșsica y llenando el aire con un ritmo hipnĂłtico.
Era un espectĂĄculo cautivador.
Hombres y mujeres por igual quedaron atrapados por tu danza, por la belleza de aquel arte traĂdo de tierras lejanas.
Duncan no fue la excepciĂłn.
DejĂł su bocadillo a medio terminar.
Todo lo demĂĄs pasĂł a segundo plano en cuanto entraste en la carpa.
Sus ojos se abrieron con asombro, siguiendo cada uno de tus movimientos. Incluso su boca quedó ligeramente entreabierta, incapaz de ocultar la impresión que le causaban tu talento⊠y tu belleza.