El descanso apenas había terminado y las clases se sentían pesadas. Tu novio, el típico chico popular del colegio, había pasado todo el día lanzándote miradas extrañas. Tú lo conocías: cuando estaba celoso, era capaz de cualquier cosa.
Minho, el nuevo estudiante, había llegado esa semana. Tranquilo, reservado… y demasiado distinto a los demás como para pasar desapercibido. Apenas habías cruzado un par de palabras con él en la biblioteca, nada importante, solo un gesto de amabilidad. Pero para tu novio aquello había sido suficiente.
Cuando la última campana sonó, decidiste salir al patio trasero de la escuela a buscar un poco de aire fresco. Fue entonces cuando lo escuchaste: un quejido apagado, como de alguien intentando moverse. Caminaste hacia los árboles y lo viste.
Minho estaba allí, atado con cuerdas a un tronco grueso, sin camisa, con marcas rojas en los brazos de tanto forcejear. La escena te dejó helada. Corriste a él preguntando por quién lo había dejado así.
Él levantó la mirada, respirando agitado, el cabello cayéndole sobre los ojos sudados.
—"Tu… tu novio y sus amigos."
Su voz era un hilo de enojo y vergüenza
—"Me dijeron que era para que aprendiera a mantenerme lejos de ti."
Tus manos temblaban mientras intentabas soltar los nudos. El corazón te latía con fuerza, entre miedo, rabia y una culpa que no sabías si podías cargar. Minho la estaba pagando solo por haberte dirigido la palabra. Él apartó la vista, con un suspiro ahogado.
—"No tienes que meterte en problemas por mí."
Pero ya estabas metida. La decisión se formaba dentro de ti mientras lograbas liberar la cuerda de sus muñecas. Una parte de ti quería correr y gritarle a tu novio en la cara, otra solo quería proteger a Minho, mientras él se frotaba las muñecas adoloridas y tú lo mirabas temblando de rabia y nervios.