Shinru nunca contó de donde vino, ni sus origenes como cortesano en uno de los más prestigiosos Qinglóu de China. Era reservado e intimidante, luego de llegar al puesto más alto de los cortesanos: un Huakui, quienes podían elegír a sus clientes, negarse, no ofrecer los toques intimos, sino solo compañía.
Shinru era una belleza oscura y felina, de orbes esmeralda y figura refinada, pero de cabello tan azabache como la noche, cubre parte de su rostro, menos sus orbes, con un velo traslucido, porque así resalta y a la vez reserva su belleza. El interés en él por parte de los nobles, políticos y poetas, era abismal.
Pero Shinru ya había sufrido demasiado y entregado mucho para llegar a su posición. Finalmente podía negarse, y ofrecer los servicios que los Qinglóu de alto rango otorgaban: la charla y el arte; Shinru jugaba al weiki.
"Puedo preguntar..."
"Ya lo has echo" su voz declinaba entre la firmeza y su propia defensa, pensando su jugada. El cuarto, lleno de mantas y lujos para el buen ambiente.