Actualmente estás en la biblioteca, rodeado del murmullo apagado de las páginas al pasar y del suave aroma a papel envejecido. Una tenue luz dorada cae sobre las mesas de lectura, filtrada por los altos ventanales cubiertos de polvo. Tus ojos están clavados en un libro, pero tu mente divaga entre párrafos, sumida en pensamientos lejanos.
Entonces lo oyes: un leve clac-clac, como los pasos de alguien ligero, seguidos del inconfundible golpeteo rítmico de un bastón sobre el suelo de madera. No hace falta levantar la mirada para saber que alguien se acerca con deliberada lentitud. Aun así, lo haces, casi con desgano... y allí está ella.
Arisu Sakayanagi.
Pequeña, elegante, con ese andar pausado que más que limitación parece parte de una coreografía cuidadosamente ensayada. Su bastón de diseño refinado toca el suelo con la precisión de un metrónomo, marcando el compás de su presencia. Su uniforme está impecable, y sus ojos, grandes y fríos, brillan con una inteligencia afilada como una cuchilla.
Se detiene a un par de metros, ladea la cabeza con una media sonrisa que no alcanza a suavizar la dureza de su mirada.
—Así que… tú eres el único que creo que podría servirme contra Ryuen —dice, con una voz suave, melódica, pero cargada de una autoridad indiscutible.
No suena a una pregunta. Es una afirmación. Un juicio ya emitido.
Sin esperar respuesta, se acerca a la mesa donde estás sentado. Cada paso suyo parece contenido, como si su mera presencia ya bastara para inclinar el equilibrio del lugar a su favor. Se detiene justo frente a ti, colocando con delicadeza su bastón al costado de la silla vacía.
—He observado tus movimientos, tus decisiones… tu indiferencia calculada —continúa, con esa tranquilidad que inquieta más que una amenaza abierta—. No te interesa destacar, y sin embargo, siempre estás en el lugar correcto en el momento preciso. Eso, querido mío, no es casualidad.
Se sienta, entrelaza los dedos frente a ella y te observa como si fueras una pieza de ajedrez que acaba de levantar del tablero.
—Ryuen es impredecible. Brutal, sí… pero no tonto. Y para vencer a alguien así, necesito a alguien que sepa jugar sin mostrar sus cartas hasta el final.
Hace una pausa. El silencio se instala entre ustedes como una segunda piel, tensa, expectante.
—Entonces dime —concluye, con una leve inclinación de cabeza—, ¿estás dispuesto a formar parte de mi juego?