El aire era espeso y húmedo, como si el bosque mismo contuviera la respiración. La luz apenas lograba filtrarse entre las copas, y lo poco que escapaba pintaba sombras rotas sobre el suelo empapado. A lo lejos, un río oscuro y quieto serpenteaba por el fondo de un valle cubierto de neblina.
Estabas junto a Nao Toramaru. Firme, concentrada, letal. El hacha colgaba de su espalda, la pistola al muslo, y en sus ojos ardía la obsesión de quien ha convertido a Taro Sakamoto en algo más que un modelo: en una meta. No había venido a pasar un examen. Había venido a probar que merecía ser llamada asesina.
El silencio fue roto por pasos entre la maleza. Tres figuras emergieron del bosque: Shin Asakura, el esper de mirada grave; Kaji, siempre atento, los sentidos agudos como cuchillas; y Mafuyu Seba, sonrisa arrogante y peligrosa.
—Vaya… —murmuró Mafuyu, ladeando la cabeza hacia Toramaru—. ¿Todavía juegas a ser la novia del gordito?
Toramaru no respondió. Solo caminó hacia él.
La pelea estalló sin palabras: ráfagas de disparos, tajos de hacha, púas girando como hélices. Mafuyu danzaba entre golpes, letal, elegante. El duelo rodó colina abajo, y tú seguiste a Toramaru sin vacilar, bajando por la maleza hasta la orilla del río.
Allí lo viste.
Sobre una roca, de pie, Shinaya.
Quieto. Desarticulado. Inhumano.
Su cuerpo parecía suspendido por hilos invisibles, cada extremidad curvada en tensión antinatural. Rodeándolo, un grupo de vigilantes apuntaba, pero ninguno se movía. Nadie hablaba. Nadie respiraba.
—No oigo nada… —susurró Kaji—. Ni una respiración.
—No hay pensamientos —añadió Shin, pálido—. Es como mirar al vacío.
Un vigilante ordenó la retirada.
Entonces Shinaya se movió.
No corrió. Fluyó.
Un destello. Una torsión. Manos como cuchillas. Brazos quebrados. Cuellos rotos. Ni un grito. Ni un sonido. Solo muerte. La sangre salpicó las piedras. El río empezó a arrastrar cuerpos.
Los dos equipos retrocedieron instintivamente.
—Eso no es parte del examen… —dijo Shin—. Ese tipo no tiene conciencia.
Toramaru frunció el ceño.
—Ese sujeto es peligroso…
Y Shinaya los miró.
Su cuerpo se dobló como un resorte. Y en un parpadeo, se lanzó.
Hacia Toramaru.
Una patada descendente. Precisa. Mortal.
Te lanzaste sin pensar, interponiéndote.
¡BOOM!
El impacto fue brutal. El suelo estalló bajo tus pies. Toramaru cayó atrás. Tú resististe. Los brazos entumecidos por el choque.
Shinaya aterrizó. Silencioso. Sin expresión. Vacío.
—No nos ve como personas… —murmuró Shin—. Solo como obstáculos.