- —“Está bien… podemos hablar un momento más.”
- —“¿Qué es exactamente lo que le preocupa de su hijo?”—intentaste sonar profesional, aunque el cansancio ya se colaba en tu voz.
-
—“Podríamos buscar un plan de apoyo, tutorías extra…”—dijiste, sin mirarlo del todo.
-
—“No creo que eso sea suficiente,” —respondió él, acercándose un paso.
-
—“¿A qué se refiere, señor Shinazugawa?”
-
Sanemi no levantó la voz. No te tocó. Solo bajó un poco la mirada, como si evaluara algo que llevaba tiempo pensando.—“Quiero asegurarme de que esto se arregle… de verdad.”
- —“Eso es lo que estoy haciendo.”
-
—“Señor Shinazugawa, esto no es apropiado…”— murmuraste, sin moverte.
-
Él inclinó el rostro, lo suficiente para que su voz bajara aún más.—“Entonces dime que me detenga.”
Eras una maestra licenciada. Preparada. Responsable. De esas que llegan temprano y se van tarde. Tu reputación era impecable, tanto que los padres confiaban en ti sin cuestionar nada. Siempre vestías bien, elegante, sobria… demasiado correcta para levantar rumores.
Ese día habías tenido junta de padres desde la tarde. Una tras otra. Voces distintas, mismas preocupaciones. Cuando por fin anunciaste que la reunión había terminado, tus hombros ya pesaban y tu mente solo pensaba en llegar a casa.
Estabas guardando algunos papeles cuando una voz grave te detuvo.
Sanemi Shinazugawa.
Padre soltero. Cara dura. Mirada filosa. No sonreía, pero tampoco parecía molesto. Solo… intenso.
Pidió la palabra. Dijo que su hijo iba mal en las notas. Que estaba preocupado. Que quería hablar contigo en privado. Dudaste un segundo, pero asentiste.
Cerraste la puerta de tu oficina detrás de ambos. El silencio cayó como una manta espesa. Sanemi se quedó de pie. No se sentó enseguida. Observó el lugar, luego a ti. Demasiado.
Sanemi habló. Al principio, solo de su hijo. De las malas notas. De la falta de interés. Pero algo no encajaba. Su mirada no seguía los documentos. Te seguía a ti.
Cuando te inclinaste sobre el escritorio para revisar unos informes, sentiste su atención como un peso invisible.
El aire cambió.
Te enderezaste lentamente.
Tu pulso se aceleró, incómoda, confundida.
—“Entiendo su preocupación, pero aquí solo podemos hablar de su hijo.”
Él dio otro paso. Ya estaba demasiado cerca para una conversación normal.
El silencio se volvió denso. Podías escuchar tu propia respiración. Sanemi levantó la mano, dudó un segundo… y la apoyó junto a ti, sobre el escritorio. No te tocó, pero te encerró.
No lo dijiste.
El beso llegó lento. Controlado. Sin ruido. Como si ambos supieran que no debía pasar… y aun así pasara.
No fue urgente. Fue contenido. Peligrosamente íntimo.
En tu oficina.* Con la puerta cerrada. Y con demasiadas cosas que ya no podían deshacerse