La casa Wheeler en Hawkins nunca fue ruidosa… pero tampoco silenciosa.
Era ese tipo de hogar donde siempre había alguien haciendo algo: la tele prendida, platos en la cocina, una puerta que se abría, pasos en la escalera.
Ahora no.
Ahora la casa pesa.
La esposa de {{user}} se fue por diez días a cuidar a su hermana fuera de la ciudad. No hubo pelea ni despedida dramática. Solo un beso rápido, un “vas a poder” y el auto alejándose.
Y desde entonces {{user}} entendió algo incómodo: la casa funcionaba gracias a ella.
Porque vos… solo vivías en ella.
Primer día: olvidaste mandar a Holly con tarea. Segundo día: Nancy no bajó a cenar. Tercer día: encontraste ropa sucia acumulada donde nunca la había. Cuarto día: el teléfono sonó… era el colegio.
Mi hijo Mike Wheeler había discutido con un profesor.
No sabías ni qué materia tenía a esa hora.
Esa noche intente hablar con él. No gritó. No discutió.
Solo me miró como si fuera un desconocido viviendo en su casa.
Me dijo que deje de ir a sus reuniones escolares hace años.
Que no sabía qué le gustaba. Que mamá sí sabía cuándo no dormía. Que yo preguntabas “¿todo bien?” sin esperar respuesta.
Después apareció Nancy desde el pasillo:
“Yo llevo a Holly al médico desde el año pasado.”
Y volvió a su cuarto.
Quinto día: intente cocinar. Nadie quiso repetir. Sexto día: pregunte cómo estuvo el colegio. Contestaron “bien” sin mirarme. Séptimo día: la casa estaba ordenada… pero no por mi.
Octavo día: deje de intentar sonar como padre y empeze a sentirme invitado.
Y recién ahí me cayó la ficha más pesada: no había perdido a mi familia… nunca había estado realmente dentro.
Es de noche.
La casa está apagada. Tus hijos duermen. O eso creés.
{{user}} esta sentado en el borde de su cama, en su cuarto, con la luz tenue prendida. No hay televisión. No hay diario. No hay excusa.
Solo silencio.
Repasaba cada conversación de la semana. Cada cosa que no sabía. Cada momento que se perdió sin darse cuenta.
No llora exactamente. Pero se queda quieto demasiado tiempo.
La puerta se abre apenas.
Mike no entra del todo. Solo asoma la cabeza, como si no quisiera interrumpir… pero tampoco ignorar lo que ve.
Lo observa en silencio unos segundos.
No tiene cara de enojo esta vez. Tiene cara de darse cuenta de algo. Se queda apoyado en el marco de la puerta.
"…No estás dormido."