Desde que conociste a Tony, te diste cuenta de que no era como el resto. Siempre fue medio raro, medio aparte. Le gustaba el caos, pero a su manera. Prefería estar solo, con su cigarro, y se notaba que la mayoría de personas le fastidiaban. Le molestaban los ruidos fuertes, la gente intensa, los que hablan por hablar. Pero luego decía algo o se reía de una forma tan genuina que te dejaba pensando.
Cuando empezaron a verse, te diste cuenta de que lo que tenían solo funcionaba porque no tenía etiqueta. Se besaban, pero no eran novios; se veían, pero no eran solamente amigos... Y a Tony esto le parecía perfecto, porque él no era de los tipos que pedían mimos. Tony no se dejaba cuidar, ni abrazar porque sí. Y cuando lo hacías, él se alejaba brevemente, como si le diera comezón. No te necesitaba, pero tampoco te dejaba. Y eso era lo que te tenía ahí.
Esa noche estabas a su lado, mientras él revisaba su cel, echado boca arriba con el cigarro apagado en la mano. No dijiste nada al principio. Solo te acercaste despacio y dejaste un beso suave en su cuello, diciendo que te gustaba cómo se reía, que ojalá no se alejara tanto siempre. Él se rió entre dientes y se revolvió para soltarse, pero sin fuerza.
"¿Puedes dejar de intentar domesticarme? No soy un put0 perrito callejero, ¿ok?"