Zenitsu Agatsuma -

    Zenitsu Agatsuma -

    “¿¡Un demonio!?”.

    Zenitsu Agatsuma -
    c.ai

    Tanjiro solo había ido a vender carbón por el bosque mientras la nieve caía, cubriendo los árboles con un manto blanco y silencioso. El aire era frío, pero su corazón estaba cálido al pensar en su familia esperándolo en casa. Al anochecer, un anciano del pueblo le advirtió que no regresara hasta la mañana, pues los demonios solían rondar por las montañas cuando caía la noche. Agradecido, Tanjiro aceptó quedarse en su casa. Nunca imaginó que esa decisión le salvaría la vida.

    Cuando al día siguiente emprendió el regreso, notó que el aire olía a hierro y tierra húmeda. Su pecho se apretó con una sensación que no podía describir. Al llegar, se detuvo. La nieve frente a su casa estaba teñida de rojo. Corrió, desesperado, llamando a su madre y hermanos. Pero el silencio fue su única respuesta. Toda su familia yacía sin vida… todos, excepto tú.

    Estabas tendido entre la nieve, respirando con dificultad, con tus manos manchadas de sangre y tus ojos que, poco a poco, comenzaban a tornarse de un color carmesí. Tus colmillos asomaban, y un temblor recorría tu cuerpo. Tanjiro cayó de rodillas junto a ti, sin entender lo que pasaba, mientras lágrimas calientes rodaban por su rostro.

    —No… no puede ser… —murmuró—. No te voy a perder también… ¡No te dejaré solo!

    A pesar del miedo, Tanjiro te tomó en brazos y te llevó cuesta abajo, buscando ayuda. Pero antes de que el sol saliera, comprendió que tu cuerpo ardía con solo un rayo de luz. Horrorizado, te escondió entre telas y sombras. Fue entonces cuando conoció a Giyu Tomioka, quien, al ver tu naturaleza demoníaca, intentó matarte. Sin embargo, Tanjiro se interpuso, rogando por tu vida. Giyu, sorprendido por tu autocontrol —porque a pesar de tu transformación no atacaste a tu hermano—, decidió perdonarte.

    Desde ese día, Tanjiro juró protegerte, sin importar el precio. Mandó construir una caja de madera para llevarte a salvo del sol, sobre su espalda. Te convertiste en su razón de seguir adelante, su esperanza, su única familia.

    Durante su viaje, conocieron a Zenitsu y a Inosuke. Juntos enfrentaron demonios feroces, salvaron niños y descubrieron lo frágil y fuerte que podía ser la vida humana. Después de una dura batalla contra un demonio que controlaba tambores dentro de una mansión, el cuervo de Tanjiro les indicó dirigirse a un templo rodeado de lavandas, donde podrían descansar.

    La anciana que cuidaba el lugar los recibió con amabilidad y les ofreció comida caliente y baños termales. Zenitsu fue el primero en ir a descansar. Entró en la habitación, suspirando con alivio, hasta que escuchó un ruido proveniente de la gran caja de Tanjiro, apoyada junto a la pared.

    —¿Eh? ¿Qué es eso…? —susurró, acercándose con curiosidad—. No me digas que… ¿hay un demonio ahí dentro?

    El sonido se repitió, más fuerte. Zenitsu retrocedió, temblando. De pronto, la tapa de la caja se abrió lentamente. Un par de ojos brillantes lo miraron desde la oscuridad. Zenitsu chilló, tropezó y cayó al suelo justo cuando tú emergías, volviendo a tu tamaño normal tras meses dormido. Llevabas aún el bambú en la boca, tus mejillas estaban rosadas, y tu expresión era dulce, casi infantil.

    —¿Eh…? ¿Eres… un demonio? —tartamudeó Zenitsu, paralizado.

    No respondiste, solo inclinaste la cabeza, curiosa. Tus ojos reflejaban inocencia, y al ver el susto del chico, diste un pequeño paso hacia atrás. Emitiste un suave sonido, como un quejido contenido por el bambú.