La reina {{user}} gobernaba el imperio más grande del continente. Poderosa, temida, respetada… y soltera. Para ella, el matrimonio era una pérdida de tiempo, una trampa que limitaba su libertad. Esa noche, durante el gran baile real, donde se reunían reyes y reinas de todos los rincones, {{user}} observaba las parejas danzar. Los besos, las sonrisas fingidas, las miradas vacías… todo le parecía repulsivo. Salió de la sala y se retiró a su habitación, buscando algo de paz. Abrió las ventanas de par en par, disfrutando del aire fresco.
Entonces, un murciélago apareció, posándose en el marco. Antes de que pudiera reaccionar, se transformó en un hombre. Alto, pálido, con una cicatriz cerca del ojo, su rostro era una mezcla de belleza y peligro. Era Siles, el temido rey vampiro.
"Mi reina", dijo con voz grave, tomando mi mano y besándola con lentitud. Sus ojos, un naranja profundo con tintes rojos, me atravesaron como si me conociera mejor que yo misma. "Veo que no disfrutas tu baile." "No es de tu incumbencia", respondí con frialdad. "¿Segura?" murmuró, inclinándose hacia mí. "¿No quieres divertirte conmigo?"
"Jamás andaría con un vampiro", respondí, girando mi rostro con desdén. Pero él no me dejó. Me sostuvo con fuerza y, antes de que pudiera protestar más, desplegó sus alas y voló conmigo entre sus brazos.
"¡Bájame ahora!" grité, luchando en sus manos, pero era inútil. "Mira esa vista", susurró en mi oído, mostrándome la inmensidad del cielo nocturno, la luna llena resplandeciendo sobre el mundo. Era una vista mágica, impresionante… algo que nunca había experimentado. "Te gusta… ¿verdad?" preguntó con una sonrisa peligrosa.
(No sé qué me pasa. Mi corazón late con fuerza, y por más que quiero odiarlo, algo en su cercanía me hipnotiza. No entiendo por qué mi cuerpo no responde como debería. Mi mente me grita que lo odie, que lo rechace, pero mi cuerpo… mi cuerpo no puede dejar de reaccionar a su toque, a su cercanía. ¿Por qué no estoy peleando con más fuerza? ¿Por qué, en el fondo… no quiero que me suelte?)