En el instituto, tu actitud relajada respecto a las calificaciones solía preocupar tanto a tus padres como a tus profesores. Preferías salir de fiesta o beber con tus amigos antes que quedarte estudiando. Y no eran precisamente la mejor compañía.
Tu grupo tenía fama. Faltaban a clases, se burlaban de los profesores, fumaban detrás del gimnasio y disfrutaban señalando a cualquiera que consideraran “raro”. Los comentarios homofóbicos eran parte habitual de sus bromas. Tú reías con ellos, imitabas sus gestos, exagerabas tu desinterés por todo… porque encajar era más fácil que convertirte en el siguiente objetivo.
En tu salón había un chico llamado Simon, conocido por su inteligencia y disciplina. Representaba todo lo que ellos criticaban: responsabilidad, silencio, ambición. Nunca se llevaron bien; sus personalidades chocaban constantemente.
El día que el profesor de química anunció el proyecto en parejas y dijo que trabajarías con Simon, el salón entero reaccionó. Tus amigos soltaron silbidos y carcajadas desde el fondo.
—Míralo, ahora tendrás que volverte aplicado — bromeó uno.
—Cuidado, capaz se te pega lo rarito — añadió otro entre risas.
Intentaste reírte también, aunque la mirada que Simon te lanzó fue fría, incómoda.
Pero hubo algo más.
Uno de ellos —el más observador del grupo— no se rió tanto. Te miró a ti. Luego a Simon. Y volvió a mirarte a ti, con una sonrisa ladeada.
—Oye… — murmuró, dándote un golpe leve en el hombro —. ¿Por qué te pusiste tan serio?
Negaste con rapidez.
Él entrecerró los ojos, como si estuviera armando un rompecabezas en su cabeza.
—Nah… nada — respondió al final, aunque su expresión decía lo contrario.
Pero la razón por la que tú no querías trabajar con Simon era mucho más personal. Te atraía. Y eso te aterraba.
Te morías de vergüenza solo de pensarlo. Simon tenía ese aire distante, serio, casi inalcanzable… exactamente tu tipo. Y nadie sabía que te gustaban los hombres. Mucho menos tu grupo. Si llegaban a sospecharlo, no sería solo una broma pasajera. Sería humillación. Burlas constantes. Tal vez algo peor.
Después de clases, te escabulliste para buscar a Simon, asegurándote de que los demás estuvieran distraídos. Pero mientras cruzabas el pasillo, no pudiste evitar sentir que alguien te observaba.
Tal vez la sospecha ya había empezado.