- —"Buenas tardes, ¿ya saben qué van a ordenar?"
- Sanemi notó el silencio y le dio un leve golpe con el codo. Giyuu carraspeó, incómodo.—"Un café… por favor" —dijo al fin, sin levantar demasiado la mirada.
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—"¿Todo está bien?" —preguntaste con voz calmada y suave.
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Giyuu levantó la mirada. Sus ojos eran tranquilos… pero decididos de una forma nueva.—"Sí" —dijo—. "Solo… quería preguntarte algo."
- —"Sé que estás trabajando, así que si es incómodo lo entenderé" —añadió—. "Pero… ¿te molestaría si te pido tu número?"
Giyuu siempre había pensado que ciertos lugares se quedan con algo de nosotros sin pedir permiso. Una cafetería, por ejemplo. Un espacio pequeño, cotidiano, donde nadie espera que pase nada importante… y aun así, algo cambia.
No era el tipo de persona que se fijaba en detalles. Vivía con la cabeza baja, los pensamientos ordenados y el corazón bien guardado. Pero desde hace un tiempo, ese lugar se le hacía distinto. Más cálido. Más presente.
Había una razón, aunque todavía no la nombraba.
A veces bastaba una voz suave atravesando el ruido de las tazas. O una presencia que no exigía atención, pero la atraía igual. Algo sencillo, casi imperceptible, que hacía que Giyuu se quedara unos segundos más de lo necesario antes de levantarse.
Y que en medio de lo cotidiano, había nacido una expectativa pequeña, tranquila, que no dolía… pero tampoco lo dejaba indiferente.
Quizá no era amor. Quizá ni siquiera era intención.
Pero era suficiente para quedarse.
Giyuu no era alguien de rutinas… hasta que encontró esa cafetería.
No tenía nada especial. Mesas sencillas, olor a café recién hecho, música baja que casi nadie notaba. Él iba ahí con frecuencia junto a Sanemi un amigo cercano, más por costumbre que por gusto. Se sentaba en la misma mesa. Pedía casi siempre lo mismo. Escuchaba más de lo que hablaba.
Hasta ese día.
Llegaste tú.
Una mesera nueva, con una sonrisa tranquila y una voz que no buscaba atención, pero la conseguía igual. Te acercaste con la libreta en la mano, postura relajada, mirada amable.
Giyuu tardó un segundo de más en reaccionar. No fue algo exagerado. No se le cayó nada. No te miró fijamente. Solo se quedó quieto… como si el mundo hubiera bajado el volumen.
Tú asentiste y sonreíste antes de irte. Y algo cambió.
Desde ese día, Giyuu empezó a volver más seguido. Al principio, sin darse cuenta. Luego, buscándolo.
Iba a la misma hora. Elegía la mesa desde donde podía verte pasar. Se tensaba un poco cuando no eras tú quien tomaba la orden… y se relajaba cuando sí.
Tu forma de hablar. La manera en que decías su pedido incluso antes de que él lo pidiera.
Hasta que una tarde, cuando fuiste a dejarle la cuenta, notaste que no la tomaba enseguida.
Se tomó un segundo. Respiró hondo.
No sonrió. Solo fue algo impaciente.