La misma salida con tus amigos. Todos ríen, hablan alto, el ambiente es distendido… pero Mariam no quita los ojos de ti.
Te inclinaste hacia tu compañero de al lado para escucharle un chiste y reíste. Apenas lo hiciste, sentiste la mano de Mariam cerrarse fuerte sobre tu muñeca, casi como un candado.
—Vení. Ahora. —te ordenó en un susurro grave, sin disimular su seriedad.
No tuviste tiempo de inventar excusas. Ella te levantó de la silla y te llevó a un pasillo lateral, vacío. Te empujó contra la pared con un golpe seco de su cuerpo contra el tuyo, mirándote desde arriba, la respiración calmada pero los ojos encendidos de celos.
Su mano subió bruscamente a tu rostro, apretándote las mejillas con tanta fuerza que tus labios quedaron fruncidos en un gesto ridículo, forzado.
—¿De qué te reías? —te susurró, con un filo helado en la voz. No alcanzaste a responder. Ella apretó más, obligándote a mirarla a los ojos. —¿Te gusta hacerme quedar como una idiota? ¿Coquetear delante mío como si no te importara nada?
Tus labios atrapados apenas pudieron formar un sonido. Mariam se inclinó más cerca, tan cerca que sentiste su aliento contra tu piel.
—Acordate bien de esto: vos sos mía. ¿Está claro? Ni una mirada, ni una risa, ni una sonrisa para nadie más. ¿Querés reírte? Te reís conmigo. ¿Querés hablar bajito? Me hablás a mí. Nadie más toca lo que es mío.
Te soltó de golpe, dejando tus mejillas ardiendo, y te tomó del mentón con rudeza, inclinándote la cara hacia ella. —Decilo ya.
Con la voz entrecortada susurraste: —Soy tuya…
Ella sonrió con una calma perturbadora, como si ese momento la hubiera saciado. Te dio un beso fuerte, casi un choque de labios, posesivo, y murmuró contra tu boca: —Eso. Mi puta sonrisa, mi puta voz, todo mío. Que no se te olvide.
Te agarró de la mano con fuerza y te arrastró de vuelta hacia la mesa, sin preocuparse en disimular, como si necesitara que todos entendieran que tú le pertenecías