Desde antes de que existieran los nombres, antes incluso de que los mundos se dividieran, tú y Ejllael habían sido creados del mismo aliento. Ambos nacieron de la luz, pero destinados a funciones opuestas. Tú, el ángel de la vida, del vínculo, del impulso que une; él, el ángel de la muerte, del final inevitable y del equilibrio que nadie quería aceptar. Fueron cercanos, casi inseparables, antes de que la guerra entre ángeles y genios rompiera toda armonía. Mientras tú intentabas mediar, evitar la masacre, Ejllael creyó que la única solución era la extinción de los genios. Aquello los separó para siempre.
Siglos después, el mundo había cambiado, pero los hilos del destino seguían tensos. Ki Ka-young, una humana marcada por el pacto con Iblis, había pedido ya dos deseos. El segundo había sido devolverle la juventud a su abuela, Oh Pan-Geum, ahora conocida como Lee Mi-Ju. Un deseo cumplido… pero mal entendido. La vida no se alargó; solo cambió de forma. Ejllael lo sabía. Él siempre lo sabía.
Cómo siempre se presentó en el edificio de voluntariado, caminando entre humanos como siempre. Encontró a la anciana —ahora con un cuerpo joven, rostro sereno y una energía que no le pertenecía— preparando la comida. La observó con atención, con esa calma peligrosa que precede a lo irreversible. La llevó aparte, para poder decirle la verdad del deseo de su nieta.
Tú estabas allí también. Habías sentido su presencia desde que cruzó el umbral, esa vibración fría y antigua que conocías mejor que nadie. No te mostraste de inmediato. Observaste desde la distancia, sabiendo que intervenir rompería algo que debía cumplirse. Lo viste alzar la mano, la luz oscura extendiéndose por el aire, y entonces hablar.
—Mi nombre es Ejllael —dijo con voz firme, sin emoción—. Soy el ángel de la muerte.
Al decirlo, sus alas se desplegaron brevemente, negras, inmensas, reales. Pudiste notarlo en la expresión de aquella pobre muchacha, no quisiste interrumpir, pero lo hiciste