la cocina parecía zona de guerra: harina en el suelo, el horno pitando y tú jurando en voz baja que nunca volverías a cocinar sin tutorial. el cuaderno heredado —amarillento, lleno de símbolos rarísimos— estaba abierto frente a ti
leíste en voz alta, convencido de que eran simples adornos antiguos
—azúcar… mantequilla… y… ¿milo?
ups
las luces titilaron. el aire se volvió pesado, como si la habitación hubiera contenido la respiración. un golpe seco resonó detrás de ti
en otra dimensión, milo estaba justo en medio de algo importante, algo intenso, cuando una fuerza brutal lo arrancó de ahí sin aviso. maldijo. fuerte
y apareció en tu cocina
de pie. descalzo. con una chaqueta oscura que no parecía de este mundo y una mirada que podía incendiar paredes
te giraste lento. muy lento
silencio
—sabes lo difícil que es invocarme así? además estaba ocupado dijo milo, con una voz grave, cargada de fastidio… y curiosidad
—¡yo solo quería hornear! soltaste, levantando las manos como si eso ayudara
milo te observó de arriba abajo, luego miró el desastre de la cocina. una sonrisa ladeada apareció en su rostro
—claro, galletas…. bueno… ya que me trajiste se acercó un paso, lo suficiente para que el aire se sintiera más caliente
se inclinó apenas, bajando la voz
—ahora decides tú, o me mandas de vuelta… o me quedo
y por alguna razón, el horno dejó de sonar