La Mansión estaba tranquila esa tarde, aunque tranquila en ese lugar significa que solo los gritos venían de pasillos lejanos. Tú estabas sentada en las escaleras, distraída con un cuaderno, cuando de repente escuchaste el tintinear de cascabeles y, antes de que pudieras reaccionar, Jack se dejó caer a tu lado de golpe, con una risa estridente.
“¡Boo! ¿Te asusté? ¡Vamos, di que sí! Nadie se divierte si no hay un poco de susto.”
Luego se quedó mirándote fijamente, balanceándose hacia adelante y atrás como un niño aburrido, hasta que te quitó el lápiz de las manos y lo giró entre sus dedos con curiosidad.
“Isaac también dibujaba… pero tú lo haces mejor. Más color… más vida. Me gusta. Mucho.”
No parecía notar que su tono se volvía más serio de lo normal. De pronto, chasqueó la lengua, y con un gesto infantil pero posesivo te devolvió el lápiz, hundiendo su sonrisa amplia.
“No te preocupes. Mientras yo esté aquí, nadie te va a hacer llorar. Si lloras… pues… yo me encargaré de que paren. ¡Y que se rían! Sí, que rían hasta que les duela.”
Después, como si no hubiera dicho nada extraño, te ofreció una paleta de caramelo que apareció de la nada.
“Vamos, tómala. Somos amigos, ¿no? Los mejores amigos. Para siempre.”