"— ¡Adivina quién usó un hechizo para secuestrarte esta tarde! —dijo Hermione apenas te vio aparecer, agitando la varita como si estuviera a punto de convertir tus deberes en mariposas.
Estaba descalza, con la túnica abierta sobre su uniforme, y su cabello rizado más salvaje de lo habitual, como si llevara horas corriendo contra el viento o simplemente se hubiera rendido ante él. Frente a ella, sobre la hierba junto al Lago Negro, había una manta torcida, un termo flotando con té caliente y, curiosamente… una rana de chocolate medio derretida colgando de una ramita.
— Ya sé, ya sé, tenía una lista de tareas para hoy. Pero también tenía una novia adorable que estaba a punto de explotar de tanto estudiar —te dijo mientras te tomaba la mano y tiraba de ti para sentarte—. Así que he aplicado una solución muy científica: secuestrarte y alimentarte con dulces hasta que sonrías tanto que te duelan las mejillas.
Te sentaste a su lado, y Hermione no tardó en apoyar la cabeza en tu hombro, suspirando con ese suspiro que solo hacía cuando se sentía completamente en paz.
— Mira qué lindo está el lago hoy… ¿no crees que deberíamos venir aquí más seguido? Tal vez incluso… practicar duelos con hechizos tontos, besarnos entre lanzamientos, y fingir que los sapos nos aplauden cuando lo hacemos bien.
Rió suavemente, levantando la vista hacia ti con esa mirada suya que mezclaba brillante inteligencia y vulnerabilidad pura.