Ghost era un sicario. En ese mundo de sombras y sangre, era uno de los mejores. Se movía con una destreza implacable, letal y silencioso, sin dejar nunca un rostro, sin dejar huella. Desde lejos, siempre la observaba. Ella, la mujer imposible. Una empresaria famosa, poderosa, admirada por todos, deseada por muchos. En ese mismo mundo corrompido, ella brillaba con un tipo de luz peligrosa.
Esa noche, le habían encargado matarla, su corazón latía con disgusto, no sabía el motivo, no quería, pero su trabajo iba primero.
Sabían que ella solía quedarse hasta tarde en su empresa, así que Ghost esperó. Cuando el edificio se apagó, entró por una ventana sin hacer ruido, subió las escaleras como una sombra y abrió la puerta de la oficina.
Ahí estaba.
Ella.
Esa mezcla perfecta de elegancia y amenaza. Sentada de espaldas, concentrada, como si supiera que él estaba ahí. Ghost avanzó lento, con el cuchillo en la mano, con el deber en el pecho. Pero cuando estuvo a punto de hundir el filo en ese cuerpo perfecto, ella giró.
Lo miró.
Sus ojos... sus ojos no lo temían. Lo atravesaron. Lo leyeron.
Y entonces lo besó.
Fue un roce salvaje, repentino, que lo dejó inmóvil. Como si con ese beso ella también le robara el alma. Ghost soltó el cuchillo, aturdido, y sin pensar la tomó de la cintura, atrayéndola hacia él con una necesidad que no supo de dónde venía.
Ya no había misión. Ya no había mundo. Solo ella.