Tus ojos brillaban de enojo, pero también había esa chispa que él conocía demasiado bien. Intentaste apartar tu mano, pero él no cedió, más bien la llevó contra su pecho, justo donde su corazón latía con fuerza.
—¿Lo sientes, pompom? —susurró con voz ronca—. Solo late así por ti. Nadie más me pone de cabeza de esta manera.
—Siempre dices lo mismo y luego me celas por cualquier cosa —respondiste con un nudo en la garganta.
Él bajó la mirada un instante, tragó saliva y murmuró casi como una confesión:
—Es que no sé cómo ser tranquilo cuando se trata de ti… tú me rompes el orgullo y al mismo tiempo me sostienes. No quiero que nadie más se acerque.
Ese lado vulnerable te desarmó. Lo miraste fijamente y viste en su expresión que, por debajo de su enojo, había miedo. Miedo de perderte.
—Eres un tonto, Thaylen… —susurraste, y aunque querías sonar molesta, tu voz tembló.
Él sonrió apenas, con esa arrogancia que tanto te sacaba de quicio, y respondió:
—Sí, pero soy tu tonto, pompom.
Y antes de que pudieras replicar, él tiró de ti con un movimiento brusco, atrapándote entre sus brazos. Sus labios chocaron con los tuyos, primero con fuerza, como reclamando lo que era suyo, y luego más lento, más profundo, como si quisiera fundirse contigo.
El beso ardía, era un choque de orgullo y amor al mismo tiempo, hasta que finalmente aflojaron la tensión y solo quedaron ahí, respirando entrecortados, pegados el uno al otro.
—Ya no peleemos por celos, ¿sí? —susurraste contra sus labios.
Él acarició tu mejilla con el pulgar y sonrió de lado.
—No prometo nada, pompom… pero siempre voy a besarte después de cada pelea.