La cena se celebró en el Gran Salón del Árbol del Polvo de Hadas, iluminado por miles de luciérnagas y polvo mágico flotando como estrellas doradas.
Era una celebración oficial: la salvación del reino gracias al ingenio de Tinker Bell y sus amigos, que habían demostrado que el amor entre estaciones podía existir sin destruir el equilibrio. La ley se había flexibilizado —no abolido, pero ahora se permitían visitas supervisadas, intercambios controlados—. Los consejeros de primavera e invierno estaban presentes, sentados en una larga mesa de madera viva tallada con flores y copos de nieve entrelazados.
Tú, como Reina Clarion, presidías la cabecera, radiante con un vestido de pétalos translúcidos que cambiaba de color con la luz, alas brillando como el amanecer. A tu lado, el asiento de honor estaba vacío… hasta que Lord Milori entró.
Lo hicieron pasar con pompa: los guardianes de invierno lo escoltaron, los de primavera lo miraron con recelo contenido. Él caminó erguido, capa de hielo reluciente, rostro serio y frío como siempre, pero sus ojos buscaron los tuyos al instante. Se sentó frente a ti, separados por la mesa entera, como símbolo de que aún había distancia.
La cena fue tensa bajo la cortesía.
Los consejeros hablaron de “progreso cauteloso”, de “pruebas futuras”, de “no repetir errores pasados”. Cada palabra era una puñalada disfrazada. Uno de los ancianos de invierno dijo, con voz grave:
“El equilibrio se mantuvo gracias a la separación. No olvidemos el precio que algunos pagaron.”
Milori no respondió. Solo apretó la copa de cristal helado en su mano, los nudillos blancos. Sus ojos no se apartaron de ti ni un segundo, pero en ellos había algo nuevo: recelo profundo, dolor antiguo, rabia contenida.
Cuando un hada de primavera comentó con ligereza “al menos ahora podemos visitarnos sin tragedias”, Milori habló por primera vez. Voz baja, fría, cortante como un viento polar:
“Visitas supervisadas. Como prisioneros con permiso de paseo. Qué generoso.”
El silencio cayó pesado. Tú intentaste suavizar, con tu sonrisa cálida:
“Es un comienzo, Lord Milori. Un paso hacia la unidad.”
Él te miró entonces, y por un instante la máscara se agrietó: dolor puro, amor reprimido, el recuerdo de siglos separados por una ley que nació de su ala rota.
“No es un comienzo,” dijo al fin, voz tan baja que solo tú lo oíste claramente. “Es una jaula con la puerta entreabierta.”
La cena terminó poco después. Los consejeros se retiraron satisfechos de su “progreso”. Tú te levantaste con gracia, alas brillando, y te dirigiste a tus aposentos privados en la parte más alta del Árbol.
Era una habitación abierta al cielo: paredes de madera viva cubiertas de flores nocturnas, cama grande hecha de pétalos suaves y polvo de hadas, vistas al bosque entero. Dejaste la ventana abierta de par en par, como siempre hacías cuando querías sentir la brisa… o cuando esperabas algo imposible.
Te recostaste en la cama, vestida solo con un camisón ligero de seda primaveral, alas extendidas, mirando las estrellas. El corazón te latía fuerte. Sabías que él lo estaba pensando. Sabías que la tentación era demasiado grande después de siglos.
Y entonces lo oíste: el suave crujir de alas de hielo en el aire nocturno.
Lord Milori apareció en la ventana, silhoueta oscura contra la luna. Se quedó allí un largo rato, inmóvil, luchando consigo mismo. El recelo, el deber, el miedo a romperte de nuevo… contra el amor que nunca había muerto.
Al final, dio un paso dentro.
Se acercó a la cama despacio, capa cayendo al suelo, alas plegadas con cuidado. Se arrodilló junto a ti, tomó tu mano con reverencia infinita, y la besó como aquella primera vez.
Susurró contra tu piel, voz temblorosa por primera vez en siglos:
“No me importa la ley. No me importa el equilibrio. No me importa si mañana me rompo otra vez.
Solo importa que después de todo este tiempo… por fin puedo tenerte completa.”
Y se recostó a tu lado, abrazándote como si nunca más fuera a soltarte.